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Una clínica sobre ruedas, la única esperanza médica de jornaleros de Wimauma 

Una clínica sobre ruedas, la única esperanza médica de jornaleros de Wimauma
Para cientos de inmigrantes hispanos que viven en extrema pobreza en Wimauma (Florida), la única posibilidad de tener atención médica se la brinda una clínica sobre ruedas que visita el lugar una vez a la semana, pero algunos tienen ahora miedo de acercarse por las amenazas de deportaciones. EFE

Wimauma (FL), 16 dic (EFEUSA).- Para cientos de inmigrantes hispanos que viven en extrema pobreza en Wimauma (Florida), la única posibilidad de tener atención médica se la brinda una clínica sobre ruedas que visita el lugar una vez a la semana, pero algunos tienen ahora miedo de acercarse por las amenazas de deportaciones.
La monja y enfermera Sara Proctor conduce cada martes la unidad móvil hasta Wimauma, en el condado de Hillsborough, una población que en 2010, cuando se hizo el último censo, tenía 6.373 habitantes, de los cuales el 73 % era de origen hispano y aproximadamente el 40 % carecía de acceso a algún tipo de seguro o beneficio médico.
“La gente que podemos ver es la gente que no tiene ningún seguro médico de ninguna clase y los ingresos económicos son menores al nivel federal de pobreza, la mayor parte es la gente que trabaja en agricultura, pero los servicios están disponibles para todos”, afirmó Proctor a Efe en una de sus visitas a Wimauma.
La tarea principal de la clínica móvil La Esperanza, que cuenta con médicos voluntarios, que acuden cuando han terminado sus jornadas laborales en hospitales y clínicas de la zona, es atender a familias de trabajadores mexicanos y centroamericanos cuya fuente de empleo es el campo, asevera Proctor.
Gripes y enfermedades gastrointestinales y de la piel, además de la diabetes, cuya incidencia en Wimauma se ha visto multiplicada en los últimos años, son las dolencias más comunes.
Pese a los síntomas de depresión que algunos inmigrantes hispanos dicen padecer luego de años de vivir alejados de su país de origen, Sara Proctor asevera que los padecimientos mentales se han detectado en un mínimo porcentaje, lo contrario que las enfermedades dentales.
Estas se han incrementado en un 50 %, lo que ha significado una misión casi imposible de atender en la actualidad.
Algunos de los jornaleros que se encontraban a la clínica La Esperanza, quienes pidieron a este medio no revelar sus apellidos, dijeron que han decidido privarse de los beneficios médicos gratuitos, salvo casos de emergencia, debido al temor por la creciente ola de deportaciones.
Así lo aseguró a Efe Beatriz, una mujer guatemalteca de 30 años de edad y quien dará a luz antes de la segunda semana del próximo mes de enero. “Tengo miedo de que mi bebé me lo quieran quitar las autoridades y ya no lo vuelva a ver”, señaló.
Otros inmigrantes mexicanos en situación ilegal como Carmen, una mujer de la tercera edad y quien desde hace 17 años vive en esta región agrícola, lamenta que cualquier centro médico pueda representar un riesgo.
“Se ha corrido la voz y va uno a las clínicas pero con miedo de que lo deporten a uno, ya nada más uno se encomienda a Dios”.
La existencia de la clínica rodante es posible gracias a los donativos, que en muchas de las ocasiones son muy limitados y suelen significar sólo una muestra de agradecimiento.
“Al final de la sesión, yo cuento el dinero, en ocasiones en un sobre de donativo puede haber 20 dólares y en otro sobre cinco centavos”, contó Proctor.
La Esperanza a la Misión de Guadalupe es auspiciada por Caridades Católicas y Allegany Franciscan Ministries.
La clínica móvil fue iniciativa del obispo Roberto Lynch, quien junto con especialistas médicos voluntarios se propuso dar atención a la población rural.
Sin embargo, la encargada de dirigir la clínica móvil fue Proctor, quien desde niña ha llevado una vida sobre ruedas, pues vivió dos décadas con su familia en una casa tráiler.
La religiosa oriunda de Florida contó que ella y su familia tuvieron que emigrar a diferentes pueblos y estados, Georgia, Carolina del Sur y Alabama entre otros, debido a la búsqueda de fuentes de empleo en la rama de la construcción donde su padre se desempeñaba.
“Apenas recuerdo, yo era muy pequeña, pero en tercer grado estuve en tres diferentes escuelas”, dice Proctor, quien a los 21 años de edad logró por primera vez mudarse a un departamento.
Sin embargo, con el paso de los años su profesión de enfermera le hizo regresar a su mundo rodante cerca de los migrantes, quienes aseguran ver en ella una nueva esperanza.

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